Brecha digital rural en La Araucanía: ONU destaca avances y desafíos en conectividad
La Coordinadora Residente del Sistema de las Naciones Unidas en Chile, María José Torres, visita desde este lunes 30 de marzo hasta el miércoles 1 de abril la Región de La Araucanía para conocer en terreno los avances del proyecto Comunidades Conectadas, iniciativa que busca reducir la brecha digital en zonas rurales y mejorar el acceso a salud, formación y desarrollo productivo.
En entrevista con Sur Informado, María José Torres aborda los desafíos de la región, el impacto que ya comienza a observarse en las comunidades y la importancia de construir soluciones sostenibles y pertinentes para los territorios.
¿Cuál es el principal objetivo de su visita a La Araucanía en el marco del proyecto Comunidades Conectadas?
Esta visita tiene como propósito profundizar el trabajo territorial que el sistema de las Naciones Unidas está desarrollando en La Araucanía y acompañar los avances del proyecto Comunidades Conectadas. Durante estos días sostendremos reuniones con autoridades regionales, incluidas aquellas que asumieron recientemente, y también con actores locales y comunidades, porque para nosotros es fundamental escuchar directamente a los territorios.
Además, esta misión nos permite ver en terreno experiencias concretas de impacto. Queremos observar cómo la infraestructura y el equipamiento digital que se ha ido instalando están permitiendo desplegar soluciones que ya mejoran el acceso a salud, educación y herramientas productivas en sectores rurales.
Desde su mirada, ¿por qué es especialmente importante impulsar iniciativas de conectividad digital en una región como La Araucanía?
La Araucanía reúne características geográficas, culturales y socioeconómicas que hacen especialmente urgente avanzar en conectividad. Es una región con alta dispersión territorial, con una importante presencia de pueblos indígenas y con brechas sociales que siguen siendo profundas.
Los datos son claros. Según la Casen 2022, la pobreza multidimensional en zonas rurales alcanza niveles muy preocupantes, y tanto La Araucanía como Ñuble figuran entre las regiones con mayores índices de pobreza por ingresos y multidimensional del país. Esa realidad fue justamente una de las razones que nos impulsó a trabajar en estas dos regiones con Comunidades Conectadas: porque sabemos que cerrar la brecha digital también significa abrir oportunidades para mejorar la calidad de vida de las personas.
En este trabajo en terreno, ¿Qué les han planteado las comunidades sobre sus necesidades más urgentes?
Las comunidades nos transmiten algo muy valioso: una enorme resiliencia y una voluntad real de mejorar sus condiciones de vida. Hay ganas de aprender, de incorporar herramientas nuevas y de proyectar un mejor futuro para sus familias.
Las necesidades que nos han planteado son muy concretas. Primero, acceder a servicios de salud y prestaciones sociales sin tener que recorrer largas distancias. Ahí la telesalud y la telemedicina han mostrado un impacto muy importante. Segundo, contar con herramientas para fortalecer la producción agrícola, por eso el proyecto trabaja con pequeños agricultores y agricultoras incorporando tecnología y apoyo experto para monitorear mejor sus predios y reaccionar a tiempo frente a distintas dificultades. Y tercero, avanzar en autonomía económica, especialmente en el caso de mujeres rurales, que valoran mucho la formación digital para fortalecer sus emprendimientos y abrirse a nuevos mercados.
Usted ha señalado que la brecha digital es mucho más que no tener internet. ¿Cuáles son hoy los principales desafíos que enfrenta La Araucanía en esta materia?
Efectivamente, la brecha digital va mucho más allá de la falta de conexión. En La Araucanía vemos problemas de infraestructura en sectores aislados, una calidad de conexión que muchas veces es inestable y dificultades de asequibilidad que afectan sobre todo a las familias más vulnerables. A eso se suma una brecha importante de habilidades digitales, especialmente entre mujeres, personas mayores, jóvenes y comunidades indígenas.
Y esto no es una percepción abstracta: según estudios desarrollados en el marco del proyecto, en las zonas rurales de Ñuble y La Araucanía menos del 40% de los hogares cuenta con conectividad de calidad y solo un 10% tiene conexión fija. Eso da cuenta de la profundidad del desafío. Porque cuando hablamos de brecha digital, hablamos también de menos acceso a salud, a educación, a servicios sociales, a cohesión social y a posibilidades reales de desarrollo.
¿Cómo se relaciona esa falta de conectividad con otras desigualdades que viven las comunidades rurales?
La conectividad tiene un efecto multiplicador. Cuando falta, profundiza desigualdades que ya existen. En salud, por ejemplo, sin internet una familia puede tener que gastar tiempo y dinero en largos desplazamientos solo para pedir una atención. En cambio, cuando hay telemedicina, se puede acceder a una respuesta mucho más oportuna.
En el ámbito productivo ocurre algo parecido. Los predios digitalizados que estamos impulsando con pequeños agricultores, mediante sensores de humedad, trampas digitales o monitoreo satelital, permiten mejorar la toma de decisiones y reducir pérdidas. Es una forma de hacer más eficiente y resiliente la producción.
Y en educación también hay un impacto evidente. Muchos estudiantes rurales no cuentan con recursos digitales adecuados, lo que limita su aprendizaje y sus oportunidades futuras. Por eso, además de la conectividad, la capacitación es un componente central del proyecto.
En una región con alta presencia de comunidades indígenas, ¿Qué rol puede cumplir la conectividad si se trabaja con pertinencia territorial y cultural?
Puede cumplir un rol muy importante. La conectividad, cuando se implementa con pertinencia cultural, permite acceder a derechos esenciales sin perder la identidad ni las prácticas propias de cada territorio.
Un ejemplo concreto es lo que veremos en el Hospital de Carahue, donde podremos conocer cómo las soluciones digitales para la gestión de la demanda y el uso de equipos portátiles de telemedicina pueden facilitar una atención más oportuna e integral en un contexto altamente intercultural. También son relevantes espacios como el conversatorio de mujeres realizado en Toltén, que permitió articular al sector público con agrupaciones del territorio para levantar necesidades y avanzar en soluciones digitales construidas desde las propias comunidades.
Además, la conectividad abre oportunidades para fortalecer emprendimientos basados en saberes locales y tradicionales, y también facilita una mayor participación en programas públicos y procesos de diálogo territorial.
¿Qué cambios concretos ya se están viendo o se esperan en las comunidades beneficiarias del proyecto?
Durante 2025 ya hemos visto avances concretos. Más de 150 mujeres fueron capacitadas en herramientas digitales vinculadas a protección social, fortaleciendo su autonomía y su acceso a beneficios del Estado. En salud, se implementó el sistema de Teletriage en más de 20 centros de salud rural y hay más de 15 adicionales en proceso de incorporación. También se entregaron kits de telemedicina en Carahue, lo que ya está ampliando la capacidad de diagnóstico y atención en sectores alejados.
En el ámbito productivo, ya existen grupos de extensión digital en el rubro papero y un predio digitalizado con sensores, lo que está permitiendo probar nuevas formas de asistencia técnica para cooperativas y pequeños productores.
Mirando hacia adelante, la meta del proyecto es muy ambiciosa: conectar al menos a 60 comunidades de Ñuble y La Araucanía, entregar acceso a internet a más de 8.500 personas, capacitar a cerca de 4.000 habitantes en habilidades digitales y beneficiar a más de 25.000 personas mediante soluciones de telesalud y telemedicina.
Un desafío frecuente en este tipo de iniciativas es cómo sostenerlas en el tiempo. ¿Cómo se está abordando esa dimensión?
Esa es una preocupación central. Por eso no estamos pensando en soluciones aisladas o de corto plazo, sino en modelos escalables que puedan mantenerse más allá de la duración del proyecto.
Estamos trabajando con una fuerte articulación con gobiernos regionales, municipios y servicios públicos, para que haya continuidad en infraestructura y servicios. También hemos impulsado alianzas con el sector privado y con la academia, que son fundamentales tanto para innovar en modelos de conectividad como para formar capacidades locales.
Además, las capacitaciones tienen justamente el propósito de que las comunidades puedan apropiarse de estas herramientas, mantenerlas en el tiempo y convertirlas en un soporte para sus emprendimientos, su producción y su desarrollo local.
Finalmente, ¿Qué mensaje le gustaría dejar a las comunidades de La Araucanía que hoy participan o podrían beneficiarse de Comunidades Conectadas?
Me gustaría decirles que este proyecto se construye desde los territorios y con la voz de las propias comunidades. Cada punto de conectividad, cada taller digital, cada solución de salud y cada mejora productiva muestran que la transformación digital sí puede traducirse en bienestar concreto cuando se trabaja en alianza.
Comunidades Conectadas no es solo instalar internet. Es ampliar derechos, generar nuevas oportunidades y construir un futuro más justo para mujeres, jóvenes, comunidades indígenas y familias rurales. Porque cuando conectamos a las personas, también conectamos bienestar, autonomía y esperanza.
